Mi primer maratón fue en Puerto Rico

El día del maratón había llegado

Faltaban alrededor de 30 minutos para que iniciara el evento en El Escambrón y yo apenas había llegado al Centro de Convenciones. Bajé del auto y caminé hasta la salida mientras respiraba profundo en un intento por lograr calma antes de acudir al baño. Luego de deshacerme de mi ansiedad, realicé unos cuantos ejercicios de calentamiento y crucé los dedos para que mi rodilla derecha, vendada con KT-Tape, no me fallara. Aún era de noche y quedaba poco para que el reloj marcara la hora de salida. A mi alrededor había personas con ropa y accesorios que brillaban en la oscuridad. De vez en cuando surgía un destello de luz, producto de los smartphones utilizados para perpetuar selfies de rostros alegres y llenos de energía. Tomé varias bocanadas de aire fresco y leí los mantras que llevaba escritos en mi brazo izquierdo. Ya tocaba realizar el cotejo mental de todo lo que necesitaría para completar el trayecto: ¿hidratación? Check; ¿gorra y lentes para el sol?: Check; ¿desglose de tiempos por milla? Check; ¿reloj, iPod y sonrisa?: Doble Check. Así, junto a más de 1,500 personas, inicié el recorrido del Puerto Rico Marathon & Half Marathon a las 5:00AM el domingo, 22 de marzo.

Sonó el disparo de la salida

Las primeras 2 millas sirvieron para calentar e identificar cómo reaccionaba mi cuerpo a la temperatura y las cuestas del Viejo San Juan. Mi objetivo era conseguir una cadencia estable —pero lo suficientemente rápida— para cumplir con las metas de tiempo que había establecido. Me entretuve con varios chistes y conversaciones producto de la adrenalina y el zapateo sobre el pavimento. Solté las primeras carcajadas en el Paseo La Princesa al escuchar a integrantes del grupo Elite Runners, quienes bromeaban y predecían quién llegaría primero. Su camaradería me recordó algunas de mis largas los domingos y aquella aventura por Piñones cuando corrí como pacer en el evento “Las 50 millas de San Jorge”. Durante esas pruebas aprendí que la risa (y una buena dosis de sarcasmo) son tremendos aliados. En silencio agradecí por el ratito de buen humor y continué el recorrido a través de la Avenida Constitución. Pasé junto al primer grupo de personas que gritaban porras, levantaban carteles con mensajes de apoyo y brindaban palabras de aliento a los y las participantes. Al llegar a la Avenida Ponce de León en Santurce, pensé: “No te ajores demasiado que te faltan 20 millas”. Poco a poco fui aumentando el paso, rodeada de decenas de corredores que trotaban hacia la Avenida Ashford en Condado. Allí, el trayecto se dividió en dos: la versión Half continuaría hacia la izquierda y la Full en dirección a la Avenida Isla Verde.

Se separan los 13.1 de los 26.2

Yo formaba parte del grupo—considerablemente reducido—que cruzaría de jurisdicción hasta llegar a tierras de gigantes en Carolina. Ya se habían acabado los chistes y la atmósfera estaba cargada de seriedad y determinación. La camaradería fue reemplazada por miradas fijas hacia el horizonte. Solidaria al fin, también me torné un poco seria e inicié uno de los monólogos más divertidos que he tenido conmigo. La brisa era fresca y el olor a bloqueador solar se confundía con el aroma del litoral playero en El Último Trolley. Aumenté mi concentración cuando me acerqué a una chica contemporánea a mí, quien corría a una velocidad similar. Inmediatamente noté que mi compañera corredora lucía fuerte. Le devolví la mirada con una sonrisa de mujer-prepárate-para-la-guerra y me adelanté en el recorrido. Justo en ese momento confirmé que el trayecto sería retante y recordé que debía dejar mi ego a un lado. Solté otra carcajada, pero esta vez en silencio y un tanto nerviosa. Era tiempo de enumerar las razones por las que había elegido correr 26.2 millas y ninguna incluía competir con alguien. Por muchos años luché contra el sobrepeso; a penas corría 1 milla y una.vez.al.año. De pequeña siempre llevé pollitos azules a mi casa luego de las carreras del pavo. Sin embargo, el domingo del maratón estaba decidida a conquistar la meta. La batalla era sólo conmigo y con mis pensamientos, contra el miedo y la auto-derrota. Me había comprometido con ser más fuerte, más perseverante y agradecida. Buscaba desarrollar destrezas que me permitieran creer más en mí y trazar rutas que me prepararan para lograr varias metas profesionales y académicas. Por estas razones me levanté día tras día—durante 18 semanas—a entrenar. Luego de recordar estas cosas, solté el ego y sincronicé mis pasos con el ritmo de bomba de Los Hermanos Ayala. Sus tambores me invitaban a guerrear a través de tierras anteriormente ocupadas por esclavitud cimarrona. Canté, aunque sólo un poco, y llegué a la mitad del trayecto en el tiempo que había establecido. Justo allí, encontré a corredoras con mejor condición física a la mía. Les sonreí con admiración y respeto, mientras éstas se adelantaban en dirección hacia el Puente Teodoro Moscoso.

Me encontré con “la pared”

Ya el sol se imponía majestuosamente y el cielo vestía un azul intenso y sin nubes. La humedad era cada vez más fuerte y mi rapidez disminuyó de manera considerable. Me pesaban los pies y me dolía un poco el estómago. Apenas un pelícano pardo fue testigo de mi entrada triunfal sobre la Laguna San José. En completo silencio confirmé que el reto mayor apenas comenzaba. Aún faltaba cruzar el puente y recorrer parte de la Avenida Piñero. Intenté acelerar, pero no lo conseguí. Un pelotón de 5 corredores pasó junto a mí y con ellos se fue mi sueño de culminar mi primer maratón en menos de 4 horas. Justo ahí, mientras enfrentaba las cuestas contiguas al Estadio Rebekah Colberg, acepté que la famosa “pared” había llegado. “Bienvenida. Te esperaba con ansias”, le dije en voz alta mientras caminaba y re-estructuraba mis metas. El objetivo principal era completar el maratón, pero también quería culminar con fuerza y llegar entre las primeras tres corredoras de mi categoría. Me repetí una y otra vez que estaba lista para lograrlo, pues había entrenado mi mente para derribar el dichoso muro. Durante la caminata continué con mi monólogo hasta que escuché a un corredor que me gritó: “Hey, let’s do this.” Sus palabras sirvieron de reality check para recordar que era tiempo de asumir actitud de yo-no-me-quito.

Las millas por Hato Rey fueron más llevaderas gracias a la sombra y al apoyo de personas que me brindaron hielo, agua fría y frutas. A lo lejos se imponía la colina infame que comienza a pasos de la Parada 26 y la Universidad Sagrado Corazón. Afortunadamente, el club Manatí Runners tenía un oasis en plena pendiente. Contaban con agua fría, Gatorade y voluntarios que te acompañaban cuesta arriba con palabras de ánimo y te brindaban hielo para el camino. Avisté el letrero que marcaba la milla 20, quedaba poco para encontrar el oasis improvisado por mi mamá y mi papá. Al llegar adonde ellos escuché a mi madre decirme: “Hija mía, ya estás al otro lado”. Le respondí que la prueba era más dura de lo que pensaba, pero que me sentía bien y lista para hacer polvo las últimas 6 millas. Estaba convencida; junto al muro en la milla 17 había dejado los pensamientos negativos, las quejas y el sabotaje. Ya hidratada y con mayor fuerza, aumenté la cadencia en la Avenida Ashford. Mis piernas estaban fuertes y mi mente muy clara. Una y otra vez repetí que creía en mí y que era tiempo de dejar que mi corazón de atleta propulsara mis pasos.

A unas millas de la meta

Antes de llegar al Puente Dos Hermanos, intercambié sonrisas y felicité a corredores que habían completado el Half Marathon. Varias personas gritaban mi nombre frente al Parque Muñoz Rivera y por un momento miré hacia atrás, pues pensaba que venía otra chica que se llamaba igual que yo. Sonreí al ver rostros conocidos: allí estaban compañeros del equipo #YoSoyAtleta que habían culminado el Half Marathon. Un sentimiento profundo de gratitud vino acompañado de lágrimas al saludar a mis compas Javier y Bryan. Este último se acercó y me dijo: “Atleta, vas súper bien. ¿Cómo te sientes?”. Respondí que hacía calor y confiada vociferé: “Vamo’ arriba. Estamos ready”. Me propuse correr aún más rápido y poco a poco encontré a personas que había visto al inicio del trayecto. Todos lucíamos de manera similar: extenuados, con calor y muchas ganas de llegar. A la altura del Capitolio avisté una barcaza en el Océano Atlántico. Afortunadamente el iPod había sobrevivido las duchas improvisadas con botellas de agua y aún contaba con suficiente batería. Al son de “Canto de las 3 razas”, la brasilera Clara Nunes me recordaba que ese día se conmemoraba la abolición de la esclavitud en Puerto Rico. Sólo quedaba una milla para cruzar la meta y terminar de mudar la piel. A lo lejos escuchaba el squish splash squish de mis zapatillas mojadas. Las palmeras danzaban con la brisa atlántica mientras yo repetía un nuevo mantra: “Correr es un acto de libertad”.

Al llegar a El Escambrón levanté mis brazos en señal universal de victoria. Crucé la meta en 4 horas y 17 minutos; sonriente, con mucha fuerza y feliz. El escuadrón de apoyo me esperaba con carteles, prestos para grabar la culminación de mi peregrinaje en pos de la libertad, el amor y la fortaleza interior. Agarré con fuerza mi medalla y bailé una samba sonriente y bien brava junto a un gran amigo y ultra-maratonista. Influenciada por la samba expresé mi regocijo en portugués y continué bailando. Así permanecimos un buen rato, celebrando junto a otros y otras la hazaña que habíamos logrado. Abracé a mis padres y les agradecí por ser apoyo y dirección constante en mi caminar. Lloré y me sentí pequeñita ante las muestras de afecto y admiración. Compartí mi experiencia con atletas elite de Kenya, quienes reciprocaron mi alegría con felicitaciones y palabras de aliento. En la noche dormí con mi medalla y al despertar afirmé frente al espejo: “Soy Brenda Ivelisse, la elite de las 4 horas”. Ya no se trataba de un sueño, finalmente me había convertido en maratonista.

Mi primer maratón

Rememorar el trayecto con estas líneas me sirve de oportunidad para afirmar que mi victoria hubiese sido muy difícil de lograr sin el apoyo que recibí durante los pasados meses. Ciertamente, la ayuda de los y las voluntarias posibilitó que yo completara la carrera. Haber llegado segunda en mi categoría, y entre las primeras 15 overall, implica que hubo otras atletas que se desempeñaron mejor que yo. Entre ellas estuvo Ana Nieves, quien conquistó el 3er lugar overall y fue la primera puertorriqueña en cruzar la meta. ¡Brava! Para todas ellas van mis felicitaciones y mi admiración. Ante todo, al entrenar para un maratón debes estar dispuesta a celebrar genuinamente los triunfos ajenos y a correr con tu corazón. Si te esfuerzas y te comprometes contigo, lograrás transformar tu vida y la manera en que te relacionas con otras personas. Respirarás un nuevo aire y reconocerás las múltiples fortunas con las que cuentas. Surgirán motivaciones diversas para utilizar tus talentos y trabajar en equipo. Así, los beneficios trascienden linderos personalísimos y abren camino para colaborar y mejorar en comunidad.

Cruzar la meta representó un nuevo despertar para mí. Fue la confirmación de que desarrollamos nuestro carácter y fortaleza a través de las pruebas y la adversidad. Aprendí que la soledad y el silencio son indispensables para conocernos mejor, ganar bríos y trazar nuevas rutas. Entrenar me ayudó a encontrar luz y a reconocer que todas las victorias—aunque no sean maratónicas—son motivo de celebración y orgullo. Si trabajamos arduamente y con disciplina, logramos cosas que solían parecernos lejanas e inalcanzables. Cuando nuestros pasos van acompañados de compasión y gratitud, el espíritu crece y el aprendizaje es mayor. Vuelvo a cruzar los dedos. Ojalá que mi experiencia te provea energía y motivación en la aventura de forjar un país más saludable y armonioso.

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Brenda Ivelisse: Maratonista, Trail Runner y Mentora. Entrena para clasificar al Boston Marathon. Sueña con viajar el mundo, corriendo. Instagram: @Corre Dora – Blog: www.nadiesequita.wordpress.com

4 Comments

  1. Edna Ortiz-Nieves

    April 5, 2015 at 12:21 am

    Espectacular!

  2. Javier Vallejo

    April 5, 2015 at 12:55 am

    Felicidades Brenda! También fue mi primer maratón y me identifico totalmente con tu experiencia!! Entiendo que te ví en varias ocasiones durante el trayecto del Puente Teodoro hasta la milla 20. Saludos!

    Javier Vallejo

  3. Edna

    April 5, 2015 at 6:28 pm

    Felicitaciones!!! Buen tiempo en tú primer maratón!! 🙂

  4. Alicia Jaramillo

    July 23, 2015 at 5:00 pm

    Claro que no, nunca es tarde para hacer ejercicio y tener un excelente cuerpo. Yo he tomado algunas clases de fitness y he tenido muy buenos resultados, a eso le sumo que diario salgo a correr y llevo una excelente alimentación.

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